Caminando por el Globo

MYANMAR: El país de las sonrisas de thanaka

 

Hay algo en Myanmar que hace sentir bien a los visitantes, a pesar de sus calles polvorientas, y a veces sucias, de los escupitajos de betel y los hombres con sus dientes rojos, de la poca higiene en restaurantes y hoteles, de las distancias eternas, y es: LA SIMPATÍA Y CALIDEZ DE SU GENTE.

El día que que cruzamos la frontera Tailandia – Myanmar, nos subimos inmediatamente a un bus sin cambiar dinero a moneda local. A las dos horas de viaje el bus paró en un restaurante de la ruta para almorzar. Nosotros nos sentamos pero no ordenamos nada. Las camareras con su rostros pintados de thanaka se nos acercaban a preguntar una y otra vez si queríamos comida o algo de tomar. Les decíamos que no deseábamos nada, pero nos insistían. Entonces tuvimos que explicarles mediante señas que no teníamos dinero en efectivo para pagar. Cinco minutos después una de las chicas se acercó a la mesa, colocó un plato enorme de arroz y muchos platos chiquitos con diferentes currys. Nosotros desesperados le decíamos que no, creíamos que había entendido que no teníamos dinero. Pero ella, con gesto de saber perfectamente lo que hacía, señaló a los choferes del bus. Osea que ellos invitaron nuestro almuerzo. No podíamos creer tan lindo gesto. Semejante bienvenida a un país a solo dos horas de haber llegado.

Pero como si fuera poco, un joven que había comido en la mesa de al lado, se levantó y extendió uno de sus brazos con un billete de 5000 kyats (5 dólares), con su otro brazo colocado a la altura del codo del que tenía el billete ( forma de demostrar respeto en este país). Le explicamos que no hacía falta, que ya pagaron nuestro almuerzo, pero él seguía insistiendo congelado en la misma posición. Entendimos que rechazarle el dinero sería una falta de respeto y tuvimos que aceptarlo con muchísima vergüenza.

 

 

Una situación como esta no nos había sucedido nunca en el viaje. Ni siquiera teníamos hambre. Nos brindaron su ayuda de corazón, de forma totalmente desinteresada, y sin siquiera haberla pedido. Con ese buen augurio sabía que este país nos daría muchísimo, y no me refiero a lo material.

Ese mismo día cuando el bus paró nuevamente, mientras yo esperaba a Javico, dos chicas que vendían jugo de caña, me miraban y me sonrían cada dos segundos. Me acerqué y les pregunté si podía sacarles una foto. Se morían de vergüenza, pero aceptaron, y posaron super serias, hasta como haciendo fuerza para no reírse.

 

 

Esas fueron las primeras sonrisas que recibí aquí, que se sucedieron casi multiplicadas por la cantidad de gente con la que cruce una mirada. Y no exagero.

Las mujeres que van en las parte de atrás de las camionetas susukis, las que venden en el mercado, las que atienden en los restaurantes, las que llevan enormes cargas sobre sus cabezas, los niños que corretean gritando “bye bye”, los hombres mientras trabajan. Todos ellos con cada sonrisa me hacían sentir algo en la panza, creo que era felicidad.

Pero hay cierta magia y misticismo alrededor de estas sonrisas, y es que para verlas y sentirlas, hay que ir allí. Casi que no las pude captar en fotos. Se las guardan solo para mostrarlas en vivo y directo a quien se aventure a sus tierras.

 

 

 

 

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