Caminando por el Globo

Judíos en Irán y un mensaje de tolerancia

 

Mis bisabuelos llegaron a Argentina escapándose de la segunda guerra mundial, desde Polonia, Rumania, Odesa y Ucrania. Así crecí yo, Tatiana, en el seno de una familia judía pero no religiosa. Me crie en un “ghetto”: jardín, primaria, secundaria y club de la colectividad. Solo conocía personas de mi misma religión o pueblo hasta que cumplí los dieciocho años, ingresé a la universidad pública y comencé a viajar de mochilera por Sudamérica.

A mis 32 años decidí emprender un viaje por Asia. El país que más atraía mi atención era Irán, por lo distinto a nivel cultural, por cómo el mundo lo juzga y por mis ganas de hermanarme con esa religión, el islam, que los medios de comunicación señalan como nuestro enemigo.

Si la gente por fuera de la comunidad judía ya cree que viajar a Irán es muy peligroso, es de imaginar entonces la reacción de mi entorno al saber que una judía quiere ir a conocer ese país tan temido: “no podés viajar a Irán siendo judía”, “con tu apellido no te van a dejar entrar”, “te van a secuestrar o matar”, “en Irán odian a los judíos”, etc, etc, etc.

Entonces hice oídos sordos a todos esos comentarios, pero decidí que ocultaría lo máximo posible mi condición de judía en aquel país. Empecé por dejar libre el casillero de religión en el formulario de aplicación a la visa, ya que además tenía miedo de que rechazaran mi aplicación y no me permitieran ingresar. Pero obtuve mi visa, a pesar de mis dos apellidos evidentemente judíos. Tendría treinta días para permanecer en el país. Aunque claro, no me alcanzó y terminé viajando por tierras persas durante dos meses.

 

Sinagoga del Norte de Teherán, con una señora de la comunidad judía iraní en la ceremonia matutina

Mi viaje comenzó en Turquía con la idea de cruzar por tierra a Irán. Este fue mi primer contacto con el islam, la primera vez que vi mujeres cubiertas, mis primeros pasos dentro de hermosas mezquitas, y hasta me hospedé en casas de musulmanes en los primeros días del Ramadán, compartiendo sus costumbres en el mes más importante a nivel religioso para ellos.

Luego crucé la frontera. Todo mi recorrido por Irán lo hice viajando a dedo y alojándome en veinte casas de familia diferentes. Ingresé a Irán por una ciudad muy religiosa llamada Tabriz. Al ir a conocer una mezquita, me llevé una gran sorpresa cuando se me acercó una chica con chador – manta de color negro que cubre a las mujeres desde la cabeza a los pies dejando al descubierto solo el rostro – a hablarme y terminó recorriendo la ciudad conmigo y mi compañero durante todo el día. Pero ¿cómo, acaso las mujeres musulmanas religiosas no son unas pobres reprimidas a las que los hombres no dejan hacer más nada que cocinar y criar a sus hijos? Pues no, está chica era un encanto, muy sociable, simpática y desenvuelta.

Las sorpresas sobre la hospitalidad de los iraníes continuaron día tras día durante dos meses. Cuando los camioneros que me llevaban en la ruta me preparaban comida, o cuando las familias que me hospedaban se tomaban el tiempo de llevarme a conocer su mundo. Poco a poco me sentía en casa, sentía que podía ser yo misma, sin necesidad de ocultar mi identidad.

 

Cena de Fin del Ramadán (ayuno musulmán) con la familia musulmana que nos recibió en Teherán

Al llegar a Teherán me contacté con La Asociación Judía en Irán. Cuando quise  encontrar el lugar la dirección no era fácil de hallar y recurrí a la gente de los negocios, primero con miedo de decir el lugar que estaba buscando, pero cuando ya no me quedó alternativa y expliqué bien que quería llegar a la comunidad judía, ellos entendieron y me acompañaron tres cuadras hasta la puerta de la asociación, con total naturalidad.

Y así fue que cuando las familias musulmanas que me hospedaban me preguntaban a dónde iba, me animé a contarles que soy judía y que iría a la sinagoga a celebrar shabbat. La reacción de todos era curiosidad, y ganas de ayudarme. Nunca he sentido una mala actitud en lo más mínimo, todo lo contrario. Hasta Javad, un muchacho robusto y de pocas palabras que me hospedó en Isfahan, se miró conmigo un video de imágenes de sinagogas de Irán, que duraba más de una hora. Parecía feliz de estar aprendiendo y sorprendido de que todos esos hermosos templos estén en su país.

Primero fui un viernes por la noche al shabbat en la sinagoga Yusef Abad, la más concurrida de Teherán. Me sorprendí mucho de la cantidad de gente que asistía a shabbat, mucho más que a mi comunidad en Ramos Mejía. Y aunque cueste creer, en las sinagogas de Irán, no hay barrotes, ni personal de seguridad en la puerta, como en Argentina. Nada. Entré caminando libremente.

 

Sinagoda de Yusefabad, Teherán

Son muy ortodoxos, algo totalmente nuevo para mi que vengo de una comunidad tradicionalista. Todos vestían muy elegantes y las mujeres llevaban un velo en la cabeza, al igual que las iraníes, porque si bien es una norma del país, también es una costumbre de las judías ortodoxas cubrir su pelo.

Pero lo que más me gustó fue ver los sidurim – libros de oraciones -, escritos en hebreo y farsi. Una hoja en un idioma y la hoja de enfrente en el otro. Me generó cierta emoción. Al igual que observar las típicas alfombras persas junto al Aaron a Kodesh – armario donde se guarda la Torá, libro sagrado del judaísmo -. Así empezaba a descubrir esa hermandad que tanto buscaba.

Mientras transcurría la ceremonia, entre miradas curiosas y murmullos, me invitaron a la cena de shabbat en casa de una familia. El padre se llamaba Elías, igual que mi hermano. Cuando finalizó, todos nos saludaron muy amablemente, y nos fuimos caminando a la casa. Allí todo era extraño y familiar al mismo tiempo. Mi familia no celebra el shabbat, por lo tanto yo no estaba muy al tanto de qué debía hacer. Simplemente me dejé guiar.

 

Sidurim (libro de oraciones) escrito en hebreo y farsi

Sinagoga de Isfahán con vidrios de colores típicos de la cultura persa

Primero el señor mayor pasó por los lugares, tocando la cabeza de cada persona y diciendo unas palabras en hebreo. Luego algunos rezos y canciones, y finalmente comenzamos a comer. Al igual que los musulmanes en la cenas de Ramadán, comenzaron comiendo fruta y dátiles. Luego siguió una gran variedad de platos mientras conversábamos. Antes de que se hiciera demasiado tarde, Elías me acompañó a la parada del colectivo que me llevaba a la casa del señor que me hospedaba por esos días, Masoud. Cuando llegué alrededor de las doce de la noche, Masoud preocupado como un padre pasó a recogerme para llevarme a su casa. Otra muestra de hospitalidad y tolerancia persa.

A la mañana siguiente fui a otra sinagoga. Era muy linda, de arquitectura redondeada con algunas palabras escritas en hebreo por fuera. Por dentro su estructura circular daba la sensación de un anfiteatro. Nuevamente alfombras persas y sidurim en ambos idiomas. Presencié toda la ceremonia, esta vez del lado de las mujeres. Todas eran muy simpáticas, la curiosidad les ganaba y me sacaban charla durante la ceremonia.

Cuando la misma finalizó un señor me alcanzó con su auto al centro. En el camino le hice muchísimas preguntas que respondió muy amablemente. Me contó que cuando la revolución islámica se hizo del poder allá por el año 1979, la mayoría de los judíos iraníes comenzaron a migrar a Israel y a Estados Unidos. Casi todas sus familias migraron, pero ellos decidieron quedarse, porque así lo sentían, porque son iraníes y aman su patria. Pero casi todos los judíos iraníes tienen sus familias en Israel, y hasta a veces mandan a sus hijos a estudiar allí. Él al igual que Elías me contó que no tiene ningún problema viviendo en Irán, que los respetan mucho y que sus mejores amigos son iraníes musulmanes.

 

Tienda de antigüedades

 

Paseando por las calles de Teherán cerca del bazar, encontré una tienda de antigüedades judías. Era un mundo de reliquias de la historia de los judíos en Irán. Donde se posaban mis ojos veía cosas familiares: folletos, fotos, candelabros, alfombras, azulejos, adornitos y demás cosas con letras en hebreo, pero con cierta influencia persa, a lo mejor por los colores.

Mis visitas a sinagogas siguieron por las diferentes ciudades. Siempre fueron muy amables y me trataron muy bien. Por mi lado, no dejé de disfrutar del contraste entre lo familiar y lo ajeno, entre dos culturas similares y distantes al mismo tiempo, pero que conviven en total armonía.

 

Relación de Persas/Iraníes con los judíos a través del tiempo:

En la actualidad más de 10.000 judíos viven en Irán. Es el país de medio oriente, luego de Israel, con la mayor comunidad judía. Ellos profesan su religión libremente, pero tienen prohibido hacer proselitismo. Incluso hay una ley que dice que si un judío se convierte al islam, se hace heredero absoluto de la familia. Más allá de esta ley, y de algunos agravios que han recibido por confusiones sobre judaísmo y sionismo, incentivadas por prensa amarillista, ellos llevan una vida normal allí, por eso se quedan.

Tienen representación en el parlamento y se hacen escuchar. Pueden opinar sobre los problemas o las incomodidades que sienten. Por ejemplo manifestaron el agravio que han sentido cuando el presidente del país negó el holocausto.

Pero los judíos habitan tierras persas hace casi 3000 años, cuando Ciro El Grande les ofreció vivir libremente en Persia practicando su religión mientras los Babilonios los expulsaban de Tierra Santa. Lo que hoy día conocemos como Irán ha sido refugio del pueblo judío en varias migraciones durante la historia.

Por eso es que la identidad de los judíos iraníes es tan fuerte: “puedo hablar en inglés y rezar en hebreo, pero solo puedo pensar en persa” dijo el Dr. Siamak Moreh, Representante del Parlamento.

 

Si tengo que concluir algo, sería que ambas religiones no son tan distintas, que los judíos y los musulmanes en el pasado han sido hermanos, y en el presente están totalmente predispuestos a serlo por naturaleza.

A pesar de todo lo que me decían, no sé qué tan peligroso es Irán para los judíos si sus comunidades no necesitan de barrotes ni vigilancia, como sí lo necesitan nuestras comunidades en Argentina. Si mi vecina en Haedo me gritó “judía de m…” pero los iraníes musulmanes me trataron como una más de su familia.

Si no necesité ocultar mi identidad, si no fui secuestrada, ni asesinada, más bien todo lo contrario, si me han tratado con una hospitalidad y tolerancia como en ningún otro lado. ¿Puedo decir entonces que los judíos y los musulmanes son pueblos hermanos, como en el pasado?

 

 

 

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